Aferré sus brazos con las manos, apretándome más contra él, mi boca pegada a la suya, contestando de este modo cualquier pregunta inexpresada por su parte.
El fuego corría por mis venas, quemándome donde mi piel tocaba la suya.
Me obligué a concentrarme. Me costó un esfuerzo enorme el simple hecho de liberar mis manos de su pelo, y trasladarlas a su pecho, pero lo hice. Y después lo empuje, en un intento de apartarlo. No podría haberlo conseguido sola, pero él respondió como sabía que haría.
Se irguió unos centímetros para mirarme y sus ojos no ayudaron en nada a respaldar mi resolución, ardiendo de pasión con un fuego negro.
-¿Por qué?- me preguntó otra vez, su voz baja y ronca-. Te amo. Te deseo. Justo ahora.
Las mariposas de mi estómago me inundaron la garganta, y él se aprovechó de mi incapacidad para hablar.
-Espera, espera- intente susurrar entre sus labios.
Él gruño y se apartó dejándose caer sobre su espalda de nuevo.
Nos quedamos allí durante un minuto, intentando frenar el ritmo de nuestras respiraciones.
-Dime por qué no ahora- exigió él- Y será mejor que no tenga nada que ver conmigo.
Todo en mi mundo tenía que ver con él.
